Mr. Útil -Epílogos
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| Tres retratos. Pueblo Seco 2026 |
01. El Seco cuando bebe se pone llorica
En esta época del año es la hora que prefiero, me encanta esta luz, como el sol se deja caer suavemente tras las montañas. Es todo tan perfecto que asusta un poco.
Tómate una copa, casi todo lo que tengo es whisky. Ya no soy un gran bebedor, pero me gusta el aspecto de las botellas en un mueble bar, por eso las compro. Creo que tengo whisky para toda la vida; si no, mal asunto, me habré descontrolado y descontrolarse es algo muy cansado.
Desde nuestro repecho se desenrollan cinco, seis kilómetros de alfombra verde hasta al mar. A la izquierda las casitas, los pueblitos parecen parte de una maqueta de tren. Vale que en la línea de la costa, a lo lejos, los edificios, las moles vacacionales, deslucen un poco el efecto, pero no importa, de noche solo son líneas de luz. Solo es una ilusión, claro.
El pueblo se recuesta contra las montañas justo donde el río sale de entre los barrancos. Hace ya cuatro años que compramos tres ruinas al final de una calle y comenzamos a transformarlas en ocho pequeñas suites decoradas estilo… la idea de una casita en el Mediterráneo que tendría el diseñador de decorados de una productora porno, porno pero muy artística. Sí, te has dado cuenta: estar aquí me pone de muy buen humor. ¿Seguro que no quieres una copa?
Todo esto vale mucho menos de lo que piensas, te lo dije, menos que un piso en el centro de cualquier ciudad, cualquiera. Una cosa que yo no puedo permitirme. Hoy en día ni los que viven allí pueden hacerlo, lo que pasa es que no lo saben. Llevábamos cuatro años, cuatro, liados con esto; más ella que yo. A veces parecía que no iba a acabar nunca y súbito, un día todo pareció encontrar su sitio y tienes que comenzar a preocuparte por otras cosas.
Falta un poco todavía, pero menos. ¿Me explico? Sé que entiendes las posibilidades, el margen que esto te da. Porque necesito un poco de margen: aquello estalló, nunca mejor dicho, y cuando el humo se posó no quedaba nada en pie. Solo Pol, claro, pero ya no lo verás más por aquí. Y yo me he estropeado del todo; ya solo sé pedir bebidas a las azafatas, quitarme los zapatos y leer. Hay poca gente que pague por estas habilidades.
No creo que pueda volver a tener un trabajo que no pueda transformar en un relato. Mi vida tiene necesidad de... un poco de teatro para que yo pueda vivirla. Nada de tragedia; mi ideal sería la comedia elegante, una cosa a lo Gary Grant. Sabes, ser ese tipo que intenta no mancharse el traje con la copa, mientras el mundo vuelve a asombrarle con su... con su capacidad de ser estúpido y desagradable al mismo tiempo. Te diré un secreto, todo, absolutamente, está confabulado para joderte. Cualquier brizna de sosiego, de plenitud, de amor, que puedas recoger o robar se esfumará antes de que te des cuenta, porque así está construido tu cerebro. ¡Jódete!
Perdón, me caliento solo. Estoy muy sensible. Algo ha cambiado, ella me mira diferente. Como si al fin me viera y no le gustara demasiado lo que ve. ¿Qué dices?, ¿crees que solo me lo imagino? Es posible. Culpabilidad estoy entrenado en sentirla.
¿Cómo te va a ti? ¿Callas? No te caigo simpático. Es curioso esto de la simpatía, es como intuir, adivinar que alguien es parecido a ti. Parecido en las cosas que importan, y tú me ves como todo lo contrario, ¿no? Tengo todos tus defectos aumentados y corregidos y ni siquiera intento ocultarlos. Soy un jodido vago, egoísta, cobarde y estoy orgulloso de serlo. Es el único comportamiento lógico. Tienes que superar el que no haya un bien superior, una causa que merezca sacrificio. Pamplinas. Como mucho intenta cuidar de los de tu alrededor y olvida todo lo demás. Puestos, olvídate de ti mismo, nos tomamos demasiado en serio.
¿Tomamos otra copa? He dejado de fumar, no sé si ha sido una buena idea. ¿Estoy hablando demasiado? ¿Cómo te va a ti? En realidad, no me importa, prefiero que no me lo cuentes. Me es hasta desagradable ver como alguien explica, justifica, su propia historia a un desconocido; para eso ya están las novelas, ¿no?
¿Te marchas? Ha sido muy agradable; prometamos que lo tenemos que hacer de nuevo, esto de juntarnos y hablar. Vayamos dejándolo para más tarde, hasta que lo olvidemos sin que nos cause remordimientos.
Y sigo así un rato, hablando solo,
hasta que el sol se pone y los murciélagos relevan a las golondrinas
en el cielo y me siento sucio, me siento fatal y lloro un poco. Luego
me acompañan a la cama, me acochan como a un niño pequeño y me
duermen prometiéndome que mañana cambiará todo. Es
cierto.
02. Badia se compra un móvil
–Creo que esto es lo que necesita.
Dice la pava y se inclina sobre el aparador para pasarme el teléfono, con una sonrisa tonta en la cara. Como para tonto el día que tengo, estoy a punto de soltarle algo rollo: ¿En realidad piensas que sabes una puta cosa de mí?, pero me callo la boca y sonrío. Ella continúa ofreciéndome el aparato y… ¡ahora me doy cuenta!, una vista de primera fila de las tetas. ¿Me está diciendo que está receptiva sexualmente? ¿Por qué nunca me doy cuenta de estas cosas? Porque no me interesan mucho, nada.
El teléfono mola, no es demasiado caro, pero mola. Hasta ahora compraba modelos muy caros, me decía que impresionaban a los pringaos. Pero ahora los mamones se empeñan un puñao de meses, años, para tener uno de aquellos. ¿Para qué gastar pasta en algo que ahora tiene un cualquiera? Este modelo tiene un look como de herramienta, su aspecto te dice que su dueño es un tipo que construye cosas más que se dedica a hacerlas polvo; suavizará mi imagen, me ha dado por eso: he de suavizar mi imagen, fundirme más con el entorno, alejarme de la mierda. Me debo estar haciendo mayor.
–Sí, este es el que buscaba, me lo quedaré.
La piba se alegra tanto como se le hubiesen pellizcado el chichi –eso creo que les gusta– y comienza a ofrecerme accesorios, seguros y contratos de telefonía. Yo los rechazo todos tajante. Ella me pregunta si deseo algo más, cualquier cosa, lo que se me ocurra, antes de darse la vuelta e inclinarse, con el doble objetivo de rellenar no sé qué y ofrecerme el culo.
O no, igual solo es una chica agradable y desenvuelta. No sé si ha visto algo en mí o su coqueteo está solo en mi imaginación. También puede que sea una comercial sin escrúpulos y se dedique a intentar poner cachondos a los tíos para mejorar su ranking de ventas. Eso la haría poco mejor, o poco peor, que una puta. Eso le daría excusas a muchos chalados para fantasear con estrellarle la cara contra los vidrios del escaparate. Parece divertida, bueno, lo que se supone debe ser una tía divertida.
Volviendo a los vidrios. ¿Se puede quebrar un carácter tan fácil como el hueso? Creo que sí, no todo el mundo tiene un núcleo fibroso, duro; es lo que los hace humanos. A veces, aunque lo tengan no hay que apretar mucho para llegar al mismo centro y deshacerlo. Apretar no está bien dicho, quizá profundizar, a veces no se consigue con fuerza. ¿Por qué sé esto? Porque soy un monstruo.
Llegar a esta conclusión me pone contento. Sonrío, en ese momento ella se da la vuelta y sorprende mi sonrisa, que cree provocada por sus nalgas. Me ofrece una pudorosa caída de ojos y empieza una charla estrictamente comercial, tras la cual intercambiamos datos y dinero y al final ella me entrega el terminal. Insisto en probarlo, le pido su número y la llamo, ella saca su aparato del bolsillo y lo descuelga. Habla conmigo por él desde la distancia que nos separa, no más de un metro. El acto me parece singularmente íntimo. Reconozco que el teléfono funciona perfectamente. Me despido. Ella vuelve a bajar los ojos y me sonríe.
Estoy aturdido, acabo de realizar un ritual de apareamiento. Me siento como un cuco dejando un huevo en nido ajeno. Sin salir del centro comercial me apalanco en un banco. Frente a mí, una pareja joven discute; en realidad no discuten: ella llora blandamente y él habla con expresión decidida en la cara. Cada poco ella intenta cogerle una mano que él rechaza. Me parece una delicada tortura. No se dan cuenta de cómo están envueltos en una cápsula, en un tiempo, un espacio que solo es de ellos y que recordarán para siempre. Comprender esto me llena de jodida alegría. La vida está llena de posibilidades.
03. El Señor Pol está indispuesto
Me oculto entre la hierba alta, no es momento para dejarse ver. Mis dedos arañan la tierra suelta hasta que me siento bien apoyado, en equilibrio, después me relajo. No he de moverme. No estoy a la vista, pero ¿pueden olerme? Me haré el muerto, seré un tronco, la misma tierra; esperaré.
Oigo como se acercan, rozan sus cuerpos con la hierba, la gravilla resbala bajo sus pies. Espero, espero con los ojos cerrados y sin casi respirar. Sé que se acercan. Hay un trozo de mí que sabe que los leones no son reales, que esto es un sueño y ellos solo son avisos de mi subconsciente, recordándome de que hay cosas ahí fuera que es mejor evitar. No fui lo bastante cuidadoso y ahora estoy en campo abierto, es demasiado tarde para continuar escondiéndome, habré de enfrentarlos. ¡Ahora! Abro los ojos dispuesto a no sé qué. Tengo ante mí dos caras humanas que gesticulan, tardo un poco en comprender que me están preguntando cómo estoy. Es una buena pregunta.
Horas después un médico ridículamente joven está intentando explicármelo. Duele y no consigo prestarle atención. La habitación recuerda más a un hotel que a una clínica. Es lo menos, considerando lo estrepitosamente caro que es mi seguro, por no contar la prima de hospitalización, cirugía, lo que sea. Me canso de escuchar al niño de la bata blanca y exploto.
–Disculpe, ¿quién dirige este... departamento?
–¿Cirugía reconstructiva? El doctor Arqué.
–¿Dónde está ahora el doctor Arqué? ¿Qué es lo que le retiene? ¿Por qué no está aquí?
El chaval no duda. Debe estar acostumbrado a los malos pacientes, malos pacientes con dinero.
–El doctor ha revisado su expediente. Él es quien me indica lo que le explico. En breve se nos unirá. Mientras tanto...
–Mientras tanto, nada; traiga al doctor Arqué.
Esto corta definitivamente el discurso del interno, me saluda con la cabeza y sale de la habitación. Ya debe estar corriendo la voz de mi gran capacidad para... transformarme en un grano en el culo. ¿Así lo decía Sol? ¿Grano en el culo? Era una frase impropia de ella. Quizá por eso parecía tener tanta fuerza, aunque simulase que me resbalaba. Debería llamarla, hacerla venir, nunca tendré una mejor excusa, una mejor oportunidad. No lo haré.
Mi tercer sueño recurrente, ese que te digo que es reciente, trata sobre Sol. Tiene diferentes variantes, pero su estructura es la misma siempre, en él discutimos. No, mentira, no discutimos, lo que pasa es que ella me trata con una indiferencia suprema y por eso yo pierdo el control y la golpeo, la golpeo una y mil veces, a veces también a los otros personajes de la escena, si los hay. No sirve de nada, ella no cambia siquiera de expresión. Al final dejo caer los brazos, Sol frente a mí parece tan distante como si estuviera al otro lado del mundo. Es verdad, en esto ha acabado lo nuestro, somos lejanos, ya no tenemos nada en común, ni siquiera ya somos las personas que fuimos en nuestro principio. No, no la llamaré.
El doctor Arqué aparece detrás de su nariz de patricio. Me saluda sin hacer mención a mi regañina a su edecán. Mirándome por encima del expediente enumera una serie de traumatismos grandes y pequeños, todos dolorosos, todos largos de curar. Para él las lesiones más graves son los tendones de Aquiles, uno está perfectamente cortado y el otro casi, pero desgarrado, lo que hace más grave la lesión. Lo dice de una manera que me hace sentir responsable, como si rebozarse en trozos de cerámica afilada fuese algún tipo de vicio poco saludable que hubiese adquirido recientemente. Deja un melodramático silencio en el aire, antes de añadir que para mi suerte él está aquí y tiene un plan: utilizará un arcaísmo de la zona plantar de cada pie, un tendón vestigial, que ha quedado allí olvidado desde el tiempo en que vivíamos en los árboles; lo retorcerá, lo pasará por un nuevo camino y lo utilizará como materia prima para suturar los dañados. Calculo que esto me costará aproximadamente como un crucero para dos a la Seychelles en primera... no, en segunda clase; no es mal precio. Como no me ve adecuadamente impresionado, añade que toda la reparación será recubierta con un gel de células madre y bla bla bla.
Lo cierto es que estudié biología, me doctoré en paleobiología, sé de lo que habla, más o menos, así que comienzo cuestionando la utilidad del tendón plantar y a partir de ahí cuestiono el resto del tratamiento, solo por ver cómo reacciona y lo seguro que está de la cirugía. Él no se inmuta, adopta una expresión de absoluta comprensión y me ofrece su hombro para llorar.
–He visto la cicatriz en su brazo. La técnica ha mejorado. Confíe en nosotros. Comprendo que esté asustado.
–¡No estoy asustado!
Contesto, me sale demasiado rápido, demasiado fuerte. Claro que estoy asustado. Estoy cagado de miedo. Prueba a que una explosión te arranque un testículo y ya me dirás cómo te sientes. Mi silencio parece que le anima a continuar:
–Comprendo que tenga usted prevenciones. Pero puede hacerse. Yo lo haré.
Calla. Callo. Me gusta el tipo. Me ha vendido lo que quiero comprar.
04. El pulga anda a los cerros, otra vez
Una gachupina canta en la radio algo sobre que cuando vas en bajada es fácil dejarse llevar, y yo que voy canturreando con ella, más que nada por no dormirme, que va uno mal descansado desde que recuerda. Porque si los últimos días han resultado pesados, no se aligeraron después de que el capitán diera por hecha la encomienda. Porque tras la sentencia no nos fuimos a guardarnos cada uno en su casa, sino que entonces nos vimos como haciendo el camino a la inversa, para ir presentando nuestros respetos e informes a quien nos manda. Sobre todo yo, que ahora me veo subiendo de nuevas la cuesta aquella llena de pedruscos, escuchando el coro de la suspensión del Chevy quejándose bajo mi culo y la voz que sale de la radio y se queda flotando en mis oídos, que es lo que tiene la música, que cuando más atención le prestas más te dice, y es por eso que en esto noto que cambia un nada la entonación de aquella y el verso me deja de sonar resignado y se vuelve una advertencia, que va y choca con todos los pensamientos que llevo desordenados tras la frente hace días. Y yo, antes aún de pensarlo, que freno en medio de ninguna parte, para quedarme mirando el final de la cuesta, donde ya asoma un tanto la silueta de la peña gorda aquella, la que me dio sensación de parecer caída de cielo; y no pregunten pero no me da buena espina, y el mirar se me va al retrovisor y al largo camino hasta el valle, de donde vengo, y es cuando me digo: ¿qué mierdas estás haciendo aquí?
La falta de sueño te hace tonto, y yo no es que me tenga por listo, dejo que otros se pongan tal medalla, pero es en acabar la canción que me doy cuenta de que la cosa puede, solo puede, que no sea tal como me la han contado, que después del primer momento, en que todo se dio por acabado, después de cuatro llamadas contadas, la cara de mi mismo cuñado, del Vasco, del Panchito, que este desapareció a la mínima que pudo, pues ahora que he tenido un momento de pararme y pensar en ellas… pues como que fueron agrisándose, pasándose de la seguridad a una duda y después a… ¿a qué? Pues como a un tanto de alivio, según quedaba claro que sería yo el que acabaría presentando nuestros respetos a los indios, esos que ya están ahí a la vuelta.
No es el Chevy vehículo para este terreno; no no lo es, solo que es coche noble y duro, y si no le aprietas te lleva a donde sea sin preguntar; y así puede que, según cómo, así lo sea yo también y por esto me encuentre aquí ahora. Porque la cosa es: ¿tenemos alguna garantía de que las gentes a las que visito se darán satisfechas en su desagravio por las cosas que llevo en el sobre este. El que está hay a mi lado en el asiento? Llevo un minuto masticando la pregunta, sin encontrarle sabor que me satisfaga, hasta que me encuentro entre dos dientes con otra, y de más sencilla: ¿Qué cosa hago yo aquí solo? Es de buen conocer que uno, si no es que tiene ojos en la espalda, necesita alguien que se la cubra. ¿A quién se le ocurre facturarme para aquí sin compañía?
Estando en estas meditaciones, ya en un tris de darle la vuelta al Chevy —cosa más fácil que decir que hacer, en aquel camino de cabras— que me percato que dos indios han brotado de las mismas piedras y están a no mas de dos metros de mí mirándome, sin moverse, sin hacer ningún gesto, tal cual dos palos envueltos en ponchos del mismo color de las piedras que nos rodean, y yo me pregunto que si estos sabían que venía, que si alguien —su ilustrísima, mi cuñado, quien sea— les ha avisado; que si ahora mismito empuñan armas escondidas bajo la lana, que si… demasiadas cosas que preguntarse, para solo tener una respuesta clara: que allí mismo de dar la vuelta el Chevy imposible, ni rápido, ni lento y discreto; que mejor pongo primera y me subo hasta la plazuela de la villa y allí voy viendo.
Y en llegar lo que veo, mientras voy girando el carro para tenerlo listo para salir pitando si tengo la oportunidad, es que hay tres indios más, no sé si esperándome a mí o al fin del mundo, pero cargando treinta treintas, y eso es mala noticia, porque quien gusta de semejante trasto es que sabe usarlo, y nadie corre lo bastante para ponerse fuera de su alcance antes de que te hagan un nuevo agujero en el culo, ya puede ir montado en el correcaminos; pájaro con el que por aquí bromean con que se hace un guiso, aunque viendo las caras de esta gente, pues ahora no me parece chiste. Que los veo que estos comen lo que cae y no se quejan del gusto.
Pues que salgo del coche y me dedico a ignorar a toda la gente que no tienen nada que hacer y se dedica a mirarme como si fuera un marciano , que a lo mejor es lo que les parezco. Y dedico mucho tiempo a sacudirme el terno, a colocarme el tupé en su sitio, y hasta a pasarle un pañuelo de papel a los zapatos; tal como si en vez de traer un recado viniera a recoger una mina; aprovechando el tiempo para ponerme en situación, y para arrepentirme de no haber sacado el nueve de su agujero y llevarlo ya cargando. Al final apaño el sobre y me pongo a subir el torrente seco, donde como la otra vez los quejidos de campana rota que llegan desde la cumbre parecen señalar el fin o el comienzo de algo. Y cuando ya tengo a la vista el cobertizo aquel, y las chispas que ahora surgen de la fornal, que es el indio de la nariz grande que sale a mi encuentro, pero no me da su bienvenida de vendedor, solo silencio. Y yo trago saliva y le entrego, con la mínima ceremonia que necesita la seriedad, el sobre, y él sin decir ni pio lo acepta y se va a la zona de trabajo, para dejarme allí plantado, escuchando como el aire se mueve entre todas las cosas, mientras me digo que soy el peor de los tontos. Porque un tonto, tonto, no se entera de nada y le cae la losa cuando no la espera y aquí paz y mañana gloria, sin sufrimiento añadido; pero yo soy tonto que se da cuenta de que lo es, el que sabe que no es que vaya en bajada y de deje llevar, como dice la canción, si no que ya no puede frenarse, ni cambiar de dirección. Y en estos pensamientos estoy, dispuesto a recibir ves tu a saber que reclamaciones, que junto a la fornal veo movimiento y que el de la nariz gorda y el artista del martillo se van vete a saber donde. Y yo ya pensando si no será buena idea darse la vuelta y poner campo por medio, que siento que me tiran de la manga de la chaqueta y una vieja, que puede o no puede ser la de la otra vez, se me lleva con ella y me sienta en casi que seguro en la misma mesa junto al muro bajo y primero me sirve pulque frío, que no es una cosa que me haya gustado nunca, pero ahora mismo encuentro que es ambrosía, y después tortillas para acompañar un cuenco de un mole, hecho con algo que no parece pollo, pero como estaba de gusto ni me pregunto que es. Y así como que me relajé un tanto. Y tomándome una garrafa de pulque más, que vi al de la nariz grande que se venía a platicar un segundo con la vieja, a la vez que me señalaba sin esconder el gesto,y que la doña asentía, se venía para mí y sin pedir permiso se me sentaba enfrente, para después rebuscar entre sus trapos, hasta sacar lo que primero me pareció una baraja, pero que no lo era, que más bien era una colección de recortes, así como del mismo tamaño, para sin preocuparse en consultarme me planteármelos desplegados enfrente mío y después pedirme, con un hilo de voz, que escogiera uno de aquellos cartones que, la verdad, tenían su arte, porque de puestos del revés no se sabían que cosa era cada uno. Y yo que le pregunto, si es que va a leerme el futuro, que yo no soy aficionado a estas cosas, que agradecido estaba, pero que se ahorrara su sapiencia, para quien gustara de querer ver tan lejos. También me estuve a punto de llamar superstición a su gesto; pero me callé por no ofender. Trabajo vano, de lo dicho como si no escuchara, ella sola diciendo como para sí: ándele, ándele y elija. Y para zanjar el asunto, al final sin mirar, con la punta de un dedo, estiro uno de los papelotes sin fijarme en cuál y lo saco del abanico. Resulta que de todos los que allí había, bien bien cuarenta o cincuenta, tal que una baraja de verdad, fui a apañar uno que era un cromo de fútbol, que eso lo supe cuando la vieja le da la vuelta y me dice: ¿No sois vos de Rosario, tal que este?, y yo miro para abajo y sí, que ahí está el Messi, mirándome desde el cromo, y claro yo solo puedo asentir. Y la vieja hace cara de tenerlo como todo ya demasiado sabido desde siempre y se levanta para soltarme, mientras se recoge sus naipes y las cosas de la mesa, que andase al mismo sitio donde él, que por aquí me estaban malqueriendo y de futuro no tenía ninguno, ninguno; eso lo dijo dos veces. Y sin insistir, sin pedir óbolo ninguno allá que se va cargando con todo; dejando solo el cromo allí sobre la mesa, el diez mirándome a la cara. Y me quedo un momento como hipnotizado, hasta que levanto la cabeza, para encontrarme con que no hay nadie a la vista, como si la tierra se hubiese tragado a los indios, los perros, los niños y hasta los pájaros.
Y así fue como dejé una propina sobre la mesa, me eché la estampita al bolsillo, bajé la cuesta, arranqué al Chevy y de a poco a poco me fui volviendo para el valle, con el consejo de la vieja rebotándome en la cabeza: anda a marchar a donde fue aquel, que por aquí ya te están malqueriendo. Y también me volvió la cara del capitán y me dije que la bruja, la sabia, tenía razón, que era algo que se estaba oliendo; que no valía la pena buscar porqués, motivos, que con estos ya te topas. Y cuando me quise dar cuenta ya estaba decidido a cruzar el charco. Porque allí donde cabe un pulga caben dos, y que, además, hay un tipo que no me es cercano, pero tampoco desconocido, que le dicen Pachuco, que algo me podrá orientar llegando allí.
Porque el camino me hace bajada, y se me es fácil dejarme llevar.
